-Mami, ¿Cuándo nos vamos?
-¡Shh! ¡Silencio que ya comienza!
El pequeño Andrés suspiró, malhumorado y vencido. Estudió con sus ojos grises y vivaces la sala blanca que lo abordaba. Estaba rodeado de gente grande, muchas sillas llenas y algunas vacías. Encontró a su izquierda la puerta que lo trajo allí, la misma que le ofrecía ahora una salida. A su derecha se levantaba lejana una pared curva que parecía llamarlo a jugar con ella. En frente una tarima llena de personas, aparentemente importantes, pero que él no conocía ni le interesaba conocer. Estaba ya distraído, planeando alguna fechoría cuando de repente la vio.
Ahí estaban, primero vio una oculta en el pelo de la señora negra, alta y espigada. Pero mientras más vigilaba más las veía multiplicarse. Intentó inútilmente de mirar a su madre, sin embargo, sus ojos parecían estar obsesionados con aquel cabello horripilante.
- ¡Mira! ¡Mira! ¡Qué se mueven! – Se dijo para sí, aterrado. Sintió ganas de correr, antes que ellas se echaran a morderle, entonces cayó en cuenta que no podía moverse y rogó a su madre, desesperado. Inmóvil, ahora se siente peor que derrotado, está en pánico, cuando las ve girar, junto con la cabeza que las sostiene, hacia el otro lado del salón y entonces, ella, de tez negra como la noche y ojos pequeños, maliciosamente le sonrió.
-¡Andrés! ¡Andrés! ¡Despierta!


1 comentario:
Siento que conozco el lugar.
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